
Castelao definía a Pedriño y Rañolas, los dos personajes protagonistas de su novela
Os dous de sempre, diciendo que veían el mundo uno desde la
perspectiva de la rana y el otro desde la
perspectiva alta del pájaro. El primero es el pragmático que sería capaz de comer a su padre por los pies, mientras el segundo es el idealista que se movería siempre a lomos de un caballo blanco si fuera suficientemente rico. Son dos tipos humanos característicos, que se encuentran a lo largo de toda la historia de la literatura. Como Sancho y el Quijote, claro, salvando las (gigantescas) diferencias de calidad, manifestamente favorables al manchego.
Exhibida en la
Quincena de realizadores de Cannes,
Honor de cavalleria, de Albert Serra, se vale de la arquetípica pareja cervantina para construir una obra reposada y contemplativa, casi sin estructura. Rodada en escenarios naturales prácticamente imposibles de identificar, parajes y campos catalanes sin la más mínima presencia de construcciones humanas, un espacio de fascinación austero y abstracto equivalente a las espesuras selváticas de la segunda mitad de
Tropical malady o al río (rulfo)quiroguiano de
Los muertos, la película se recrea en la representación no narrativa de los paisajes y en la cotidianeidad de los tiempos muertos, con un Quijote refunfuñón y metafísico, más terminal que decadente, y un Sancho que parece poseído por el extrañamiento, como si no supiera bien que hace acompañando a ese hombre que de vez en cuando le habla al cielo. Para Miguel Marías es un western; yo diría que es un western de Sergio Leone hecho por Robert Bresson, una propuesta extraordinaria e insólita tan alejada de este tiempo y de este mundo que necesariamente tiene que provocar simpatía e incluso entusiasmo en cualquier cinéfilo que no padezca
miopía.
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