Es interesante la reflexión que dejas en los tres textos (magníficamente ilustrados, por cierto). Probablemente, mucha gente se divertiría más y se iría más satisfecha a la cama tras ver cualquier comedia de Billy Wilder antes que alguna de las mediocres propuestas de la tv generalista. El problema, al margen del sempiterno zafio gusto de los programadores, está en la pérdida del hábito de hacer el mínimo esfuerzo intelectual para ver una película como se debe; es decir, comprendiéndola y saboreándola. Quizá tenga mucho con cómo se vive en estos tiempos de hoy, tan acelerados y en los que pocos se toman su tiempo para disfrutar lo verdaderamente bueno.
Por cierto, muy buen blog. Lo visito desde hace tiempo y me descubrió esa película tan soberbia como extraña que da título a esta bitácora.
Añado a su comentario, Matías, el hecho de que ha sido la industria cinematográfica la que se ha empeñado durante años en convencer a los espectadores de que no era preciso ir al cine para ver cine, eliminando el componente ritual y de preparación mental y emocional que tenía el asistir a una película. Nos vendieron la moto del vídeo casero, de las televisiones de pago, del LáserDisc y del DVD, que son, sí, utilísimas, pero que supusieron la aparición generalizada de un espectador acostumbrado a tener una película de fondo mientras calceta o echa una siesta. Ese espectador, por cierto, ha descubierto ahora que puede ver esas películas sin pagar, bajandóselas de la red; la industria se queja mucho, sin darse cuenta de que esto ya no tiene remedio y de que buena parte de la culpa es suya.
Amén a lo que apunta, Martin. Es esencial ver el cine en sala (por ese componente ritual que comenta, crucial para ver cine como se debe). Y la industria, efectivamente, parece hacer poco para solucionar esto; al contrario, ya se empiezan a sumar a la moda de comercializar vía Internet.
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