Durante los casi cien minutos de
El arca rusa la cámara se pasea incansablemente por las diferentes estancias del Museo Hermitage, posando sus ojos o sus lentes sobre los cuadros, atravesando puertas y corredores, moviéndose entre cientos de figurantes, incluída la orquesta que toca un vals en una fiesta suntuosa a la manera de Visconti. Todo ello en un único y larguísimo plano sin cortes, un verdadero
tour de force desmedido y pomposo que fascina a los amantes de los fuegos de artificio visuales. Viendo
El arca rusa, el trabajo más conocido de Alexander Sokurov, experimento la incómoda sensación de que el film podría alargarse durante otras cuatro o cinco horas, a fuerza de enseñarnos más cuadros o de detenerse en más pasillos recreándose en el lujo de las lámparas y los vestidos de época, algo que suele gustarle mucho a los lectores del
Hola.
Prefiero, con mucho, su hasta el momento díptico
familiar, pendiente aún de rodaje una tercera entrega, si bien debo reconocer que no encuentro grandes razones para el entusiasmo ante la obra de este
cineasta soviético. Me parece enormemente estimulante el uso que hace de la banda sonora; los sonidos, las músicas y las voces, sobre todo las voces, se entremezclan creando texturas de sobrecogedora belleza que hacen innecesaria la comprensión de unos textos y unos diálogos en general irrelevantes, lamentablemente entregados a un misticismo hueco que nada tiene que ver con el universo de Tarkovsky, con quien suele ser comparado. No me gusta tanto su tratamiento de la imagen, distorsionada bien para otorgarle un cierto
aire espectral, bien para llenar la pantalla de una
calurosa luminosidad.

Muy lejos del tono mortuorio y dolorido de
Madre e hijo,
Padre e hijo es un film vitalista y carnal, apoyado en la excelencia física de sus protagonistas masculinos a veces de manera excesiva, con ciertas recaídas exhibicionistas. El problema es en los dos casos el mismo: las dos películas transmiten una cierta sensación de arbitrariedad, con un lastimoso desequilibrio entre su cuidadísimo aspecto y su mínimo guión, repleto de situaciones más o menos gratuitas. Aleksandr Sokurov es un autor con un alto concepto de sí mismo que parece empeñado en teñir de espiritualidad cualquier fotograma, apartándose así infelizmente del hermoso y profundo naturalismo que caracterizó a
los grandes exponentes de eso que alguien llamó "el estilo trascendente en el cine".
¶