Había pensado colgar aquí la
lista completa de premiados, pero me dio pereza. Las cuatro horas de ceremonia pudieron conmigo, y no sé cuándo me habré recuperado. No es una sorpresa: siempre fueron así. Incluso aquel año tan
manifeirante, con todos chillando
No a la guerra y
Nunca máis. También aquella fue una gala penosa.
Penosa, sí, pero descriptiva. Las ceremonias sirven para eso: uno puede compartir o no los gustos de las diferentes academias y organizaciones que entregan premios, que en general no suelen arriesgar mucho en sus elecciones y apuestan por un cierto conservadurismo estético y temático. Pasa aquí y
allá, y así se explica que hace unos años Ron Howard ganara un Oscar al mejor director por aquella birria de la
Mente maravillosa superando al Robert Altman de
Gosford Park y al David Lynch de
Mulholland Drive. Con esas cosas ya contamos, pero aparte de eso es innegable que este tipo de actos son un buen menú degustación de lo que cada cinematografía puede ofrecernos. De lo que hay de bueno y de lo que hay de malo. Apostando, en general, sobre seguro, pero permitiéndose de vez en cuando algunas libertades. En el 2005 el cine español alardeó de unas cifras más o menos positivas, con un pequeño crecimiento en la recaudación y en el número de espectadores, y sobre todo con un significativo aumento en la cuota de pantalla, debida a la espectacular variación en la cifra de entradas vendidas del cine americano, 25 millones menos en el 2005 que en el 2004. Todos esos números son muy discutibles, porque mucho cine yanqui llega a nosotros con pasaporte europeo, gracias a las coproducciones, y porque, en el fondo, al espectador medio que
Match Point sea británica en vez de americana no le afecta nada: la percibe, con buena lógica por otra parte, como una obra "de autor", y de un autor americano, neoyorquino por más señas. Los franceses también suelen considerar como propio a Almodóvar, pero lo cierto es que es tan manchego como el queso.
En las cifras españolas también hay mucho que rascar, pues de los algo más de cien millones de euros obtenidos en las taquillas por las películas producidas en esta parte del planeta, casi un tercio fue recogido por dos únicos films: el inevitable
Torrente 3 (18 millones) y la
españolísima El reino de los cielos (12 millones), de Ridley Scott, aquella historia de las cruzadas protagonizada por Orlando Bloom. Después de ellas viene
Princesas, de Fernando León, un ejemplo de film de largo recorrido que recaudó unos fantásticos seis millones de euros.
7 vírgenes fue un éxito sorpresa (cerca de cinco millones), sacándole buena ventaja a
La vida secreta de las palabras (2,6 millones) y a la ridícula
Obaba, con 2,2 millones, vencidas ambas también por
Camarón y
Habana Blues.
Eso es lo que tenemos, y eso fue lo que reflejaron los Goya. Podemos quejarnos de la inexplicable ausencia de
El cielo gira, de Mercedes Alvárez, ni siquiera presente en la categoría de documental, pero, en esencia, lo que mostraron los Goya fue lo que había. Si no hay más, habrá que aguantarse. Lo absurdo, lo demencialmente absurdo, es que la Academia vuelva a perder la ocasión de acercarse a nuevos espectadores haciendo de la gala de entrega de premios un buen "spot publicitario" de sus productos. Porque ¿quién puede sentir el más mínimo interés por el cine español viendo una ceremonia como la de ayer, con un guión lamentable, por no decir que inexistente, con una presentadora, Concha Velasco, completamente perdida, con una realización torpe en grado máximo, que mostraba unos rostros cualquiera tuvieran o no algo que ver con lo que sucedía en el escenario? ¿Quien puede tener confianza en los actores españoles cuándo los que muestran más naturalidad en la entrega de galardones son justamente dos directores, Álex de la Iglesia y Santiago Segura, y los demás actúan como si les hubieran acabado de explicar lo que tienen que hacer? ¿Como es posible, veinte años después, que las galas se extiendan sin necesidad hasta las cuatro horas, relegando los premios relevantes para la madrugada, cuándo la mayor parte de los espectadores ya están durmiendo? Lo divertido es que luego le echan las culpas a los discursos de agradecimiento, y sale Juan Luis Galiardo haciendo una broma y pidiendo brevedad. ¿Acaso que la gala sea soporífera tiene que ver con que los técnicos de sonido, o los autores de cortos, aprovechen legítimamente sus segundos de gloria televisiva para decirle a sus familias que las quieren mucho? Los premios otorgados no llegan a treinta; suponiendo dos minutos de agradecimientos -que es una barbaridad que casi nunca llega a darse-, sale una hora en total, como mucho. ¿Quién es el culpable de las otras tres? ¿Quién es el responsable de que haya infinidad de tiempos muertos, de absurdas bajadas por las escaleras? ¿No vieron nunca las galas de los Oscars? Les tendremos más o menos simpatía, odiaremos más o menos a Banderas destrozando una canción de Jorge Drexler (y a Beyoncé destruyendo la lengua francesa), pero hay que reconocer que el acto está impresionantemente bien medido. Puede tener, a veces, un pésimo gusto, pero la realización es ejemplar, sin un minuto perdido: todo está en su sitio, todos parecen saber bien sus guiones, todo parece haber sido ensayado muchas veces. ¿Y aquí? ¿Aquí, que?
Y los premios, pues eso, ¿qué les voy a contar que aún no sepan? Que ganó Isabel Coixet, que es al cine lo que Amaral a la música, y que
Obaba, la elegida por los académicos para representar a España en los Oscars, salió del Palacio de Congresos con un sólo premio, de lo que se deduce que con el paso de los meses fue dejando de gustarles. Y poco más. Los vestidos y eso ya los verán luego en el
Hola.
¶