Brokeback Mountain será sin duda la gran triunfadora de los próximos Oscars, culminando una exitosa trayectoria que arrancó con el León de Oro en el
último Festival de Venecia y continuó al ser considerada la mejor película del 2005 por las sociedades de críticos de Boston, Dallas, Nueva York o San Francisco y recibir
cuatro de los Golden Globes que otorgan los corresponsales extranjeros en Los Angeles. La lista seguirá creciendo en las próximas semanas, a medida que se vayan repartiendo los galardones de las asociaciones de actores, editores, guionistas y directores, los BAFTA británicos y los Independent Spirit Awards. Y por esta vez, y sin que sirva de precedente, todos esos premios estarán bien dados.
Film de hermosa factura, mecido por la
saudade,
Brokeback Mountain es una historia de amor entre dos hombres que ocultarán sus verdaderos sentimientos bajo el disfraz de unos matrimonios convencionales. Ennis del Mar (Heath Ledger) y Jack Twist (Jake Gyllenhaal) se conocen y conviven en las montañas Brokeback durante un verano que pasan cuidando ovejas, alejados de la gente. Son dos hombres solos, sin un pasado ni un futuro al que agarrarse; al final del verano emprenderán por separado sus caminos, se casarán y formarán familia, pero eso no impedirá que al cabo de unos años vuelvan a encontrarse. A lo largo de dos décadas Ennis y Jack buscarán fechas en el calendario para compartir unos días juntos, intentando recuperar la felicidad de aquel verano, convertido en espacio mítico al que volver una y otra vez.
Brokeback Mountain es el relato de un amor imposible y apasionado en el marco de un género, el western, que acaba por ser el vehículo idóneo para la expresión contundente de emociones.
El western es lo más parecido a la épica que tiene la cultura norteamericana, pero sin alcanzar nunca un auténtico carácter de epopeya. Lejos de la exultante serie B de
indios, pistolas y caballos, el gran western está recorrido por corrientes subterráneas de nostalgia: es siempre la crónica de una forma de vida que se acaba, y sus protagonistas personajes condenados a convertirse en anacronismos. Al tranformarse en urbes las tierras antes consideradas salvajes, los cowboys van dando paso a los banqueros y los que pelearon en la guerra del Norte contra el Sur descubren que en los nuevos tiempos no hay hueco para ellos. El Dempsey Rae de
Man Without a Star luchará de manera quijotesca contra las vallas que cercan los pastos, símbolo de un período diferente que ya nunca será el suyo, del mismo modo que el Ethan Edwards de
The Searchers jamás podrá pertenecer a nada que se parezca a un hogar. Ellos, los hijos del Oeste clásico, libre y violento, son criaturas en extinción en la era de la locomotora de vapor. El western es por naturaleza un género crepuscular, repleto de figuras a la búsqueda desesperada de su lugar en el mundo, ahogadas por la inmensidad poética de los espacios abiertos.
Larry MacMurtry, guionista junto a Diana Ossana de
Brokeback Mountain, conoce los resortes del género como la palma de su mano. En la perfección de su trabajo reside la grandeza de una película sutil y valiente, que dibuja con inusual maestría el paso del tiempo. Reconocemos el talento de quien escribió
The last picture show para Bogdanovich en el retrato preciso de esa América profunda fascinante y decrépita, la de las mujeres que se tiñen el pelo de rubio manteniendo a la vista unas cejas de color negro chapapote, la de los salones de las casas con televisiones inmensas para ver el partido de fútbol, la de los comerciantes que exhiben su prosperidad en forma de abrelatas eléctrico. Ang Lee demuestra una vez más su conocida eficacia y habilidad para huir de los tópicos y obtiene inevitable provecho lírico del paisaje, de los árboles y de las nubes. Voy a destacar dos momentos especialmente brillantes. Para empezar, una escena que muestra a Jake Gyllenhaal en primer plano y, al fondo, a Heath Ledger lavándose desnudo: el personaje encarnado por Jake posiblemente desee mirar, pero no lo hace, y en consecuencia Heath permanece toda la escena desenfocado. La otra escena es un plano fijo sobre Michelle Williams esperando el regreso de su marido después de su noche de juerga con Jack Twist, llorosa y sin saber como actuar, pues acaba de descubrir la relación homosexual de su esposo: oímos el coche que se detiene, la puerta que se abre y el marido que entra, pero la cámara no llega a apartarse de ella en ningún momento.
Casi todas las críticas hablan maravillas de la gran interpretación de Heath Ledger, un prodigio de contención; pero yo quisiera destacar también la enorme actuación de Jake Gyllenhaal, que saca un enorme partido de su mirada y de su sombrero. En ellos dos recae el peso todo de un film de calidad incuestionable, cuya profundidad y belleza no merecen ser reducidas a una
innecesaria etiqueta.
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