
Todos los viernes, de niño, paraba un rato en el quiosco de Manolo, en ese punto justo en el que la calle de A Gaiteira deja de ser la calle de A Gaiteira. Manolo era algo rojo, algo republicano y sobre todo algo anciano, así que aprovechaba para contarme historias de su juventud, anécdotas quizá reales de su paso por la División Azul, que para él, como para
Berlanga, resultaba la mejor opción para entretener su obligado paso por el ejército franquista. Yo paraba los viernes por la tarde para comprar el
Blanco y Negro, el suplemento del ABC que en aquellos tiempos -era el siglo pasado, compréndanme- aún se vendía suelto
de estrangis por cuarenta pesetas, duro arriba, duro abajo. En el
Blanco y Negro salían los divertidísimos artículos de Terenci Moix de la serie
Mis inmortales del cine, luego recogida en diversos volúmenes, corregida y aumentada. El propio Terenci escribiría más tarde una memorable historia del cine por fascículos para ese mismo medio, una obra gozosa que exudaba cinefilia por todas sus páginas, combinando el ensayo sesudo a lo André Bazin con su inequívoco gusto por el kitsch.
En las primeras páginas del
Blanco y Negro aparecían críticas escritas por tres ilustres miembros de la Real Academia de la Lengua: Manuel Alvar, que se ocupaba de libros que yo jamás leeré; Lázaro Cárreter, que hablaba de estrenos de teatro que me quedaban a seiscientos kilómetros de distancia, pero que aún así me parecía imprescindible; y
Julián Marías, que escribía sobre cine. No hace falta que les diga cual de las tres me interesaba más.
Julián Marías
ha muerto en Madrid a los 91 años. Era un aficionado de otra época, alguien al cual ciertos estilos y temas le habían llegado seguramente ya muy tarde. De su trayectoria como filósofo y escritor, que me es totalmente ajena, hablarán suficientemente todos los periódicos; lo que quería hacer hoy desde este blog es ofrecer un pequeño homenaje a una persona cuyo nombre quedará siempre asociado a aquella etapa de mi vida en la que me despertaba los sábados a horas indecentes para ver maravillas como
Los amantes crucificados de Mizoguchi mientras mi madre, una santa, se levantaba a su vez para traerme un cola-cao y unas galletas.
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