uno (telegráfico)
Un film indescriptiblemente tonto, ideal para ser proyectado en geriátricos de todo el mundo (
The world's fastest Indian). Un prodigio de emociones casi abstractas, la última obra maestra de Carl Dreyer, uno de los más grandes cineastas de la historia (
Gertrud). Un título mítico de Robert Rossen con un Jackie Gleason impagable (
The hustler [El buscavidas]). Una mala película del Vietnam que no habla del Vietnam sino de las Malvinas (
Iluminados por el fuego). Un documental escalofriante que es, sin duda, una de las mejores películas estrenadas en este 2005 (
Darwin's nightmare [La pesadilla de Darwin]). Una obrita menor que disfraza de multiculturalismo su alarmante ausencia de ideas (
Sud Express). Una comedia
indie que yo considero muy decepcionante y Cesare
un clásico moderno (
Me and you and everyone we know). Lo nuevo de Kim ki-duk, un director por lo visto genial cuya grandeza yo no acabo de captar (
Hwal [O arco]).
dos

Quizá sea yo el raro, pero puesto a escoger entre ver a una madre haciendo quesos o, por ejemplo, a unos
adolescentes macarras haciendo de adolescentes macarras, yo me quedo con la primera opción.
La cueva del perro amarillo, el segundo trabajo de la directora Byambasuren Davaa, la misma que hace unos meses fue nominada al Oscar en la categoría de documental por
La historia del camello que llora, retrata de manera casi documental la vida de una familia nómada que pasa los veranos en un valle aislado de Mongolia. En el film, es cierto, no sucede casi nada, cosa que les fastidia un poco a algunos
partidarios de los pastelones indios, pero deja una agradable sensación de verdad, en buena parte por el extraordinario trabajo con la niña protagonista, un prodigio de naturalidad y gracia que justifica por sí sólo el visionado de una película llena de valores.
tres

El mejor film de Peter Greenaway es, también, uno de los más interesantes y profundos de la historia del cine.
The baby of Macon (El niño de Macon) narra la escenificación, barroca y deslumbrante, de un auto sacramental, sin que lleguen a quedar claras las fronteras entre lo que es realidad y lo que es representación. El hilo argumental de la obra es la explotación de un niño cuyo nacimiento es considerado un milagro en un pueblo convertido desde hace muchos años en un yermo de miseria y desesperación. La riqueza visual característica del cineasta británico proporciona en este caso unos resultados especialmente brillantes, con un tratamiento formal que por una vez no resulta gratuito y que encaja como un guante con los temas a tratar.
El niño de Macon es una película incómoda que habla de cuestiones incómodas; un ensayo sobre el mal en todas sus formas: la ambición, la hipocresía, la violencia inútil, el fanatismo. Hay en ella un montón de momentos inolvidables, pero yo elegiría el más célebre y comentado de todos, la larga secuencia de las 208 violaciones de la protagonista, Julia Ormond, un castigo sugerido por el personaje de Cósimo Médici (Jonathan Lacey) en una demostración de perversa ingenuidad. La violación, que debía ser simulada pues forma parte de la representación pero acaba siendo brutalmente real, queda fuera de los ojos del espectador por medio de una pudorosa cortina, y a partir de ese momento el plano empieza a alejarse al compás de unos gritos de dolor. Greenaway desvía la atención con un sofisticado movimiento de cámara milimétricamente medido que nos lleva por otras partes del escenario; crea distancia entre nosotros y la criminal tortura, convertiéndonos en espectadores pasivos de un acto violento, algo que nos sucede en muchas ocasiones pero de lo que no siempre somos bien conscentes. Cuándo la cámara vuelve al punto de partida la mujer ya está muerta, y así quedará para siempre, como sucede también con el hijo del obispo (Ralph Fiennes), encarnación del pensamiento crítico arrastrado por la pasión, presentados al final sus cuerpos a los asistentes a la obra que a su vez se vuelven para saludarnos a nosotros mismos, los asistentes al film, en un giro definitivo especialmente revelador.
El niño de Macon es una película no siempre comprendida, atacada ferozmente ya desde su primera proyección en el
Festival de Cannes del 93, algo a lo que parecen estar condenadas todas las
obras que asumen riesgos huyendo de los atajos convencionales.
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