Mañana sábado El País distribuye dentro de su colección Cine de Oro y por sólo 8,95 euros "The searchers", de John Ford, la mejor película jamás rodada. Una ocasión estupenda para reproducir otra vez un artículo ya publicado aquí hace casi un año. Y háganme un favor, compren el DVD y véanlo.
Año de producción: 1956;
Título de estreno en España: Centauros del desierto;
Director: John Ford;
Guión: Frank S. Nugent, basado en una novela de Alan LeMay;
Fotografía: Winton C. Hoch;
Montaje: Jack Murray;
Direccion artística: Frank Hotaling y James Basevi;
Decorados: Victor Gangelin;
Vestuario: Frank Beetson (hombres) y Ann Peck (mujeres);
Música: Max Steiner;
Canción The searchers: Stan Jones, interpretada por The Sons of the Pioneers;
Reparto: John Wayne
(Ethan Edwards), Jeffrey Hunter
(Martin Pawley), Vera Miles
(Laurie Jorgensen), Natalie Wood
(Debbie Edwards), Ward Bond
(capitán reverendo Samuel Clayton), John Qualen
(Lars Jorgensen), Olive Carey
(Mrs Jorgensen), Henry Brandon
(Scar), Hank Worden
(Mose Harper), Ken Curtis
(Charlie McCorry), Antonio Moreno
(Emilio Figueroa), Harry Carey Jr
(Brad Jorgensen), Dorothy Jordan
(Martha Edwards), Lana Wood
(Debbie niña), Walter McCoy
(Aaron Edwards), Pippa Scott
(Lucy Edwards)
Mi limitado talento sólo me permite presentarles un pálido reflejo de lo que para mí representa
The searchers, la mejor película de todos los tiempos. Hago notar desde ya que he dicho
la mejor, no
mi favorita. Puestos a escoger películas favoritas el espectador siempre se deja llevar por elementos puramente sentimentales, por emociones vinculadas a unas imágenes, por afinidades hacia unos rostros o unos temas. Si alguien me pregunta cual es el film que yo más amo de cuantos se han rodado, no dudo en citar
The night of the hunter. Podría teorizar sobre los múltiples valores y virtudes de esa joya dirigida por Charles Laughton, pero todos ellos no justificarían mi preferencia. Yo amo
The night of the hunter porque por ella fluyen todos los símbolos y temas que más me estremecen, la amo por su tratamiento fuertemente metafórico, la amo porque es profunda e ingenua a un tiempo, pero por encima de todo la amo porque después de verla infinidad de veces sigo llorando inevitablemente al llegar a determinadas escenas.
The night of the hunter puede conmigo. Me dejo vencer por ella, satisfecho y feliz.
The searchers es otra cosa. Incluso dentro de la filmografía fordiana uno puede sentir más afecto por la irresistible alegría que despide
The quiet man, por el sentimentalismo poderoso de
How green was my valley, o por la fuerza y el tono revolucionario de
The grapes of wrath. Escoger una u otra es una elección personal, que no evita el reconocimiento de que
The searchers es la más perfecta de las piezas del maestro irlandés. Explicar su perfección, sin embargo, es tarea imposible. Su puesta en escena es invisible, hija de los misterios de las luces y de las sombras que pueblan el séptimo arte. En buena parte de su metraje
The searchers no se diferencia de una película muda en la que todo se expresa por medio de miradas y de gestos. Así, la mano de Martha que acaricia la capa de Ethan nos explica en silencio un pasado de amor nunca olvidado. Con brillantez, Ford redondea el plano con la reacción de Ward Bond, que al verla se siente violento, como quien descubre un acto íntimo.
Casi todos los análisis se refieren siempre al complejo personaje de Ethan, en manos de un magistral John Wayne; pero como pueden adivinar yo siento especial afecto por el Martin Pawley que encarna
Jeffrey Hunter. Nadie puede negar que él fue un actor muy correcto que tuvo la suerte de participar en otras dos obras maestras de
John Ford, la elegíaca
The last hurrah y la colosal
Sergeant Rutledge, glorificación de un Woody Strode de porte totémico. Su carrera se vio lamentablemente truncada por un accidente que acabó con su vida a los cuarenta y tres años. En
The searchers Jeffrey Hunter está simplemente perfecto. Irradia juventud y energía, con un cierto toque de rebeldía airada, pero al mismo tiempo él representa la parte más emocional del ser humano. Sin duda Martin Pawley es el reverso, la imagen especular de Ethan Edwards. Ethan es el héroe solitario, un desarraigado que Ford describió mejor que nadie al decir que nunca podría formar parte de una familia. Ethan está lleno de odio e intolerancia, y se recrea ridiculizando a su sobrino por ser mestizo pero también por ser pobre, tanto que no tiene dinero para poseer un caballo o comprar munición, y ni siquiera dispone de ropa propia hasta el punto de tener que usar la de un muerto, como lamenta con tristeza en una de las escenas más luminosas de la película. Pero a diferencia de Ethan, Martin Pawley sí puede formar una familia. Si la búsqueda de la niña Debbie tiene para Ethan mucho de paranoico, para Martin Pawley es una necesidad, pues representa la recuperación del único eslabón de identidad que le queda tras ser desposeido por el ataque comanche de toda su familia y quedar huérfano por segunda vez en su vida. Martin es puro sentimento, aunque no siempre sepa expresarlo y sólo sea capaz de escribir una única carta a su amada en cinco años de ausencia. Una carta aséptica y frustrante para ella, que sirve para que John Ford nos cuente magistralmente un montón de peripecias con un sentido del ritmo osado y genial.
Es cierto que en el cine de Ford destacan fundamentalmente los personajes masculinos, pero de ningún modo cabe decir que los femeninos no posean entidad. Tampoco en
The searchers, por supuesto. Hay otro curioso paralelismo entre los dos de más edad, el de Martha y la señora Jorgensen. Mientras la primera representa una mujer tradicional, dulce y enamorada, la señora Jorgensen es más dura y pragmática, la clase de mujer curtida a base de entierros. La prometida de Martin Pawley, la paciente Laurie que encarna Vera Miles, no es tampoco una chica tímida e discreta; antes al contrario, tiene mucha personalidad y carácter. Las parejas en el cine de Ford, además, no practican el amor cortés y optan siempre con muy buen criterio por los besos incendiarios.
Y además, los indios. Nadie los retrató nunca tan bien como John Ford. Incluso cuando son los malos de la cinta son filmados siempre con orgullo y dignidad, como depositarios de una cultura y un modo de vida, como dueños y poseedores de la América genuina (no es casual el plano que nos muestra a un comanche semienterrado debajo de una losa, simbólica reunión con la Tierra que concluye con Ethan disparándole a los ojos en un acto brutal y gratuito nacido del odio más visceral). Hay numerosos ejemplos y declaraciones que nos muestran que entre John Ford y sus extras indios había un profundo respeto mutuo. Casi al final de su larga filmografía, Ford se permitió componer el más memorable canto al mundo indígena, el poema de un pueblo que se extingue, en
Cheyenne Autumn.
Imposible cerrar el texto sin citar dos nombres imprescindibles. El primero es
Frank S. Nugent, guionista habitual de Ford que recibió del director el mejor consejo imaginable: documentarse exhaustivamente primero y luego olvidarse de todo lo aprendido para escribir la historia. De ese modo Frank S. Nugent fue capaz de producir varios guiones imposibles de mejorar. El otro es
Winton C. Hoch, el director de fotografía. Su trabajo en
The Searchers es auténticamente sobrenatural, y los tonos ocres y terrosos del Monument Valley acaban construyendo un paisaje espectral por el que desfila el fantasma de Ethan Edwards, un hombre condenado a la soledad.
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