Tres películas europeas vistas en el Festival de Donostia que llegaron a los cines en las últimas semanas.
Robert Guédiguian es un hombre de izquierdas, que se expresa con valentía y que no duda en llenar sus obras de mensajes políticos que comparto con cierto entusiasmo. No me sucede lo mismo con su cine, al cual no le acabo de coger el gusto. En
Mon père est ingénieur (Mi padre es ingeniero) Guédiguian mezcla una relación de amor que se mantiene viva a lo largo del tiempo con su característico compromiso ideológico en un trabajo en el que revisita el mito del nacemento de Cristo en forma de alegoría naif. A mí no me interesó nada de nada, pero quizá el problema sea mío, no de Guédiguian.
Omagh, de Pete Travis, recrea el monstruoso atentado del llamado IRA auténtico del 15 de agosto de 1998 y que causó un montón de víctimas, niños incluídos, en la ciudad que da título a la película. La investigación posterior acabará revelando que las fuerzas de seguridad tenían algo más que fuertes sospechas de que una barbaridad así podía producirse. Narrada con corrección y meticulosidad, con buena caligrafía pero nula inspiración,
Omagh no pasa de ser un producto de usar y tirar, que se ve con interés pero que no puede evitarnos la incómoda sensación de que
esta película ya nos la sabemos. El guión de Paul Greengrass y Guy Hibbert obtuvo una Concha de Plata en la edición de 2004 del Festival de Donostia.
Talento en cantidades industriales lo demuestra una vez más Claude Chabrol, que en
La demoiselle d'honneur (La dama de honor) vuelve a ofrecer una de esas primorosas combinaciones de amor y suspense vagamente hitchcokiano que tan bien se le dan y que acaban confundiéndose unas con otras en nuestro recuerdo. Chabrol juega con sus personajes, a los que uno nunca sabe si ama o detesta, haciéndolos salir de sus vidas acomodadas y burguesas para llevarlos con sorna por los terrenos de la perversidad.
El protagonista del film, el joven Philippe al que da vida un estupendo Benoît Magimel, cae fascinado en la boda de su hermana por una de las damas de honor, Senta, una muchacha algo desquiciada interpretada por la muy perturbadora Laura Smet. Ese es el punto de partida de la pasión devoradora que envuelve a ambos y que tendrá un giro inesperado cuando ella le propone cometer un asesinato como prueba de sus sentimientos. El final es innecesariamente grandguiñolesco, pero no importa porque para aquel entonces ya hemos caído en la red de elegante inteligencia que el maestro Chabrol nos tiende en esta joya que él mismo definió sabiamente como
"una historia de amor sin el edulcorante del romanticismo".
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