Lo dijo Arthur Penn hace un mes y medio en un coloquio en A Coruña: entre todos los actores y actrices con los que había trabajado si tuviera que quedarse con uno sólo escogería sin dudar a Anne Bancroft, la Anna Sullivan de The miracle worker. Una obra maestra estremecedora, hermosa y dura, con una Anne Bancroft regalando al espectador una de las cinco o seis mejores interpretaciones femeninas de toda la historia del cine y por la cual ganó el Oscar de Hollywood y un premio en el Festival de Cine de Donostia. Ha muerto a los 73 años, víctima de un cáncer; la prensa la recordará generosamente como la madura y sensual señora Robinson de The Graduate y no tanto por haber participado en la última joya que nos legó el maestro John Ford, Seven women. Su presencia hermosa y fascinante hizo aún mayor si cabe la calidad de The Elephant Man, el mejor de los trabajos de David Lynch; años después la veríamos en Torch Song Trilogy, How to make an american quilt o en la maravillosa e infravalorada adaptación que de Dickens hizo Alfonso Cuarón, Great expectations, siempre dignificando con su elegancia y distinción los papeles que le tocó desempeñar.
Hay muchas razones para recordarla, pero a mí, la verdad, me basta una. Esta.
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De todas las cosas relacionadas con la gran Ann Bancroft, la que más me sorprendía era su matrimonio con Mel Brooks. No sé, me resultaba chocante. Quizá porque mi idea del talento de la Bancroft estaba muy por encima del de Brooks (de quien admiro "Young Frankenstein", en cualquier caso).
Recuerdo a la Bancroft-Sullivan, la Robinson, la Madre Miriam. Y docenas de impagables papeles secundarios en que su melena (y sus canas), sus ojos, sus marcadas cejas podían hacer sombra a cualquier otro actor.
Era una actriz tan fuerte que una no piensa que se pudiera esfumar, así, de repente. Yo también me quedo con Anna Sullivan, pero, según me voy acercando a los 40, no está mal la cara de idiota que se le queda a Dustin Hoffman contemplando las piernas de la señora Robinson.
Cambiando de cadena, me topé con ella en Grandes Esperanzas, casi a la mitad del metraje. Casi nunca veo películas que están empezadas, pero esa vez me atrapó absolutamente. Terminé de verla y me encantó. Después, compré y vi la película completa y me pareció muy buena. No sé el motivo, ni estoy seguro de que lo haya, pero siempre me viene a la cabeza el minipapel de Jack Lemmon en Vidas Cruzadas al recordar a Anne Bancroft en Grandes Esperanzas. Quizá sea por la intensidad emocional que son capaces de transmitir los dos con una mirada.
Tenía una presencia muy especial, una cierta dureza indómita, agresividad quizá, belleza... una combinación que suele asustar a muchos hombres cuando la encuentran en mujeres de verdad.
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