Con el estreno ayer de "Binjip" y la presencia aún en cartel de "Las tortugas también vuelan" los cinéfilos tienen ocasión de acercarse a ver -y en algunos casos incluso de disfrutar- los dos trabajos que recibieron el año pasado los máximos galardones de los festivales de Donostia y de Valladolid. Este blog no podía dejar pasar la ocasión de emitir su juicio prudente y lúcido sobre ambos films.
Vencedora de la Concha de Oro en la pasada edición del Festival de Donostia, la irano-iraquí
Las tortugas también vuelan, dirigida por Bahman Ghobadi, es una película valiosa, digna y dura por lo que tiene de reflejo atroz y pesimista de las miserias de la guerra y la violencia. El film se desarrolla en una aldea del Kurdistán iraquí en las semanas previas al derrocamiento de Sadam Hussein; preocupados sus habitantes por recibir noticias de una guerra que saben próxima, un chaval, Kak Satellite, instala una antena desde la cual podrán recibir las imágenes de las televisiones extranjeras. Kak es el líder de un gran grupo de niños a los que coordina en labores diversas como la recogida de minas que luego serán revendidas. Una muchacha con intenciones suicidas y un joven mutilado con visiones proféticas completan una película nada cómoda de ver y que no acaba de encontrar el equilibrio necesario entre el registro ligero e ingenuo que predomina en muchos momentos y las atrocidades que asoman al fondo.
Las tortugas también vuelan es la clase de obra que genera aprecio unánime entre la crítica ahora mismo y que estará demasiado olvidada dentro de unos años. Cosas así ya han sucedido muchas veces. Y si no me creen, repasen las hemerotecas.
Binjip (Hierro 3) obtuvo el premio al mejor director en el último Festival de Venecia y unos meses después la Espiga de Oro en el de Valladolid, alzándose -hay gente para todo- por encima de la grandiosa obra de Wong Kar-wai
2046. Confieso mi escasa simpatía por Kim Ki-duk, de quien guardaba un recuerdo tétrico a cuenta de la estúpida
Seom y que pretendió volverse elegante y místico con esa lección de filosofía oriental para occidentales con ínfulas que es
Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera. El punto de partida de
Hierro 3 es francamente sugerente: un joven que se dedica a entrar en viviendas temporalmente desocupadas, habitando en ellas por unos días con total normalidad y hasta tomándose la molestia de lavar la ropa y reparar toda clase de aparatos estropeados que va encontrando. La idea es tan hermosa y vacía como las propias casas, pero en sí misma era suficiente, porque todo lo que viene después es bastante absurdo. Apoyándose en situaciones demasiado forzadas y símbolos un poco simples de más, el film camina hacia un final que imagino debe querer ser muy profundo, casi abisal; tanto, que yo no llegué a entenderlo. De hecho, yo no les sabría decir después de verla si el autor, Kim Ki-duk, tenía algo verdaderamente relevante que contarnos. Sospecho que no.
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