Se han estrenado hoy dos películas chinas muy diferentes pero igual de prescindibles. En fin, ya que las he visto, se las comento:
La casa de las dagas voladoras es el por lo de ahora último trabajo del más famoso miembro de la llamada Quinta Generación de cineastas chinos,
Zhang Yimou. Yimou se hizo muy conocido entre los cinéfilos de todo el mundo a finales de los ochenta, cuando sus films empezaron a pasearse por los festivales internacionales triunfando en muchos de ellos.
Sorgo rojo,
Ju Dou,
La linterna roja o
La historia de Qiu Ju nos descubrieron a un director enormemente cuidadoso y esteticista que a mí acabó de deslumbrarme por completo con dos joyas rodadas en 1999,
El camino a casa, una sencilla y bellísima historia de amor, y por encima de todas
Ni uno menos, la maravillosa aventura de una niña de trece años encargada de sustituir al maestro de su escuela con la única orden de que no falte a clase ni un sólo alumno. Cuando se entera de que uno de ellos se ha ido a la gran ciudad a ganarse la vida, la resuelta profesora Wei Minzhi se irá detrás de él con la esperanza de encontrarlo y traérselo de vuelta. Los lagrimones de Wei Minzhi en el programa de televisión al que acaba acudiendo anticipaban los míos propios como espectador durante su emocionante final, con los niños escribiendo palabras en la pizarra.
En los últimos tiempos Zhang Yimou ha cambiado de registro y se le ha dado por el
wu xia, las películas de
espadachinos.
Hero, protagonizada por Jet Li (que dicen que actúa), contaba en su reparto con intérpretes de lujo como Tony Leung, Maggie Cheung o Zhang Ziyi, pero eso no impidió que a mí me faltase muy poco para dormirme plácidamente en las butacas de
Los Rosales.
La casa de las dagas voladoras nos ofrece más fantasías acrobáticas resueltas con ese sentido del exceso visual tan espectacular como absurdo que caracteriza a este tipo de producciones. Yo salí del cine al cabo de tres cuartos de hora más o menos -tenía una buena excusa: iba a ver a Jeff Bridges en rueda de prensa-, pero eso me llegó para contemplar en una escena a Zhang Ziyi golpeando tambores con las largas mangas de su túnica, que por supuesto se mecen con exquisita precisión en un crescendo demasiado delirante para nosotros los fordianos.
También se ha estrenado en algunas pantallas
la versión que una bella dama llamada Xu Jinglei ha hecho de la excepcional
Carta de una mujer desconocida de Stefan Zweig, uno de los escritores verdaderamente imprescindibles del siglo XX. Xu Jinglei traslada la acción a la China de los años treinta y cuarenta con desasosegante academicismo y pulcritud, palabras estas que me sirven de eufemismo con el que aludir a su muy rancio acartonamiento. Aburrida e innecesaria, no aparece en ella ni el más mínimo asomo del romanticismo apasionado y elegante que sí supo darle Max Ophuls a su versión de 1948, una de las obras maestras que todo buen cinéfilo debe tener entre sus favoritas. Una absoluta pérdida de tiempo, por fortuna no demasiado, que se alzó con el premio a la mejor dirección en el último Festival de Donostia.
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