Puedo llegar a entender que una película como
Mar Adentro provoque entusiasmo en un público mentalmente adolescente, con pocas horas de cine a sus espaldas. Lo que me resulta incomprensible es que personas a las que se les supone una cierta experiencia como espectadores muestren agrado hacia un producto tan previsible como este, que se lanza decididamente por la senda del melodrama más facilón.
Los cinéfilos saben que una buena historia sólo puede estropearla un mal guionista. La vida y la muerte de Ramón Sampedro es un argumento suficientemente poderoso y emotivo como para que su paso a la gran pantalla exigiese una prudente distancia; lo deseable habría sido un tratamiento neutro y frío, casi documental, que expusiese los hechos sin adornos y procurando dejar flecos abiertos en la narración. No hay ninguna necesidad de convertir a Ramón Sampedro en un héroe moral e intelectual, o en un hombre de personalidad subyugante que atrae a su alrededor el interés de mujeres muy diferentes. Lo verdaderamente interesante de Ramón Sampedro es el hecho de que tomase la decisión de morir y que pelease por su legítimo derecho a decidir qué hacer con su propia vida. Amenábar y Mateo Gil apuestan en cambio por un tono peliculero y aparatoso, por los diálogos resabidillos construídos para que las réplicas de Bardem/Sampedro resulten más vistosas. De vez en cuando se permiten ocasionales huidas hacia un supuesto lirismo, por medio de escenas oníricas convenientemente realzadas por una música desmedida y terrible. Pero su mirada es siempre la del turista, no la del viajero.
Amenábar es, además, un director muy primario, aunque reconozco que sabe dotar a sus trabajos de una apariencia apetecible, y eso en el paupérrimo contexto del cine español le convierte en uno de los nombres importantes. Pero sus recursos, limitados y previsibles, quedan rápidamente a la vista de cualquier espectador inteligente. Lo peor que le puede pasar a un director es que quien contemple sus películas adivine no ya la evolución de la trama, sino también la forma en que esta va a sernos contada, y eso le pasa aquí a Amenábar. En los flashbacks que nos muestran el accidente que convierte en tetrapléjico a Sampedro vemos el cuerpo de Javier Bardem flotando boca abajo durante unos segundos, hasta que unos brazos rescatan su cuerpo de las aguas evitándole en aquel momento la muerte. Una vez que hemos visto esas imágenes una y otra vez, no hay que ser muy listo para saber que el director nos las va a poner de nuevo al final, cuando nos cuente el suicidio asistido, pero esta vez ya sin los brazos que rescatan el cuerpo. Otro ejemplo de torpeza mayúscula se observa en la marcha de Sampedro a Boiro camino de su ansiada muerte. Amenábar se esfuerza en dotar de artificiosa intensidad a un momento que es por definición suficientemente dramático, repitiendo planos (el del hermano, por ejemplo) y rematando la escena de un modo tontísimo: el sobrino cierra la puerta de la ambulancia y cuando esta arranca echa a correr detrás de ella, en un gesto que hemos visto mil veces antes en el cine.
Lo mejor de
Mar adentro es, sin duda, su reparto, en conjunto irreprochable. De todos modos, tampoco hay razón que justifique algunas críticas ditirámbicas que están asomando por ahí adelante. Javier Bardem efectúa una brillante imitación de Ramón Sampedro, pero yo a eso no me atrevería a llamarle
interpretación: si bien su acento galego es muy discutible, reproduce con cierta fidelidad sus tics y su forma de expresarse, pero en ningún momento llega a hacer verdaderamente suyo el personaje. Belén Rueda supera la prueba con dignidad, transmitiendo ese aire frágil de gacela mimosa que la caracteriza. La amiga y colaboradora de Sampedro, Rosa en la película, queda torpemente dibujado, convirtiéndola en una mujer sola, frustrada y simple que se encapricha de él; aún con esas limitaciones, Lola Dueñas es capaz de aportarle alegría y credibilidad. Clara Segura y Francesc Garrido cumplen a la perfección, sobre todo ella; Celso Bugallo sobreactúa bastante, Joan Dalmau compone correctamente su abuelo de presencia intermitente, y al pobre Josep Maria Pou le toca el penosísimo papel del padre Francisco en una escena lamentable y ridícula que nunca debió salir de la sala de montaje. Del reparto destacan el joven Tamar Novas, espléndido en su interpretación del sobrino de Sampedro, y, sobre todos los demás, Mabel Rivera, la cuñada, que desprende sinceridad y verosimilitud en todos sus planos. Ni a Tamar ni a Mabel les darán Goya alguno dentro de unos meses, premios estos que al igual que sucede con las "Copas Volpi" suelen recaer siempre sobre interpretaciones más ruidosas y por supuesto no necesariamente mejores.
Mar adentro será a pesar de todo un gran éxito de taquilla y servirá para que en las tertulias de la radio se hable de la eutanasia. Algo bueno tenía que tener.
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