Dirección y guión: Pedro Almodóvar;
Producción: Pedro Almodóvar, Agustín Almodóvar y Esther García;
Música original: Alberto Iglesias;
Fotografía: José Luis Alcaine;
Montaje: José Salcedo;
Dirección artística: Antxón Gómez;
Diseño de vestuario: Paco Delgado y Jean-Paul Gaultier;
Reparto: Gael García Bernal
(Ángel/Juan/Zahara), Fele Martínez
(Enrique Goded), Daniel Giménez Cacho
(Padre Manolo), Lluis Homar
Sr. Berenguer), Javier Cámara
(Paca), Petra Martínez
(Madre), Nacho Pérez
(Ignacio niño), Raúl García Forneiro
(Enrique niño), Alberto Ferreiro
(Enrique Serrano), Francisco Maestre
(Padre José).
Aguardada con cierta expectación, y más después de que fuese designada para abrir el
Festival de Cannes, el último trabajo de Pedro Almodóvar vuelve a ofrecer suficientes puntos de interés como para aconsejar el paso por las taquillas. Absténganse, eso sí, sus detractores habituales,
Legionarios de Cristo y
Adoradores Nocturnos incluidos:
La mala educación supone en cierto sentido una vuelta a algunos de los temas, situaciones y personajes habitualmente asociados al universo del manchego, exhibidos de nuevo con la descarnada osadía de los viejos tiempos.
La película comienza con el aparente reencuentro de dos antiguos compañeros de colegio. Uno de ellos, Enrique Goded (Fele Martínez) es un director de cine en busca de una buena idea para rodar; el otro, Ignacio (Gael García Bernal), es un actor que le proporcionará al primero el argumento idóneo para un film: "La visita", un relato lleno de elementos autobiográficos. En él se cuenta la historia de Ignacio, un travesti que imita a Sara Montiel y está marcado por los abusos sexuales que sufrió de niño en un rígido internado religioso por parte del Padre Manolo, que mostraba una perversa fascinación por el chaval. Ignacio vuelve al colegio y chantajea al sacerdote; le da a leer un cuento en el que describe esa etapa de su vida y amenaza con publicarlo si no le paga una importante cantidad de dinero. La lectura del texto por parte del sacerdote (un relato dentro del relato) sirve para presentarnos la vida de Ignacio de niño, con su amor por Enrique ferozmente reprimido dentro de una institución absurda.
Enrique se decide a filmar la historia. Está desesperadamente atraído por su supuesto compañero de clase, aunque se da cuenta de que el Ignacio de ahora nada tiene que ver con aquel que conoció en la infancia. Una escapada a Galiza le permitirá descubrir parte de la verdad de un cruel juego de suplantación, que se resolverá por completo con la aparición del Padre Manolo, reconvertido con los años en editor, para contar el auténtico desenlace de los hechos.
En la prodigiosa arquitectura del guión radica el mayor acierto del film. Pedro Almodóvar construye una estructura compleja y fascinante, pero consigue que no resulte artificiosa. La utiliza para marcar distancias entre el espectador (él mismo, para empezar) y una historia algo truculenta que podría acabar fallando por un exceso de visceralidad. Desarrolla la trama argumental en diferentes capas, jugando constantemente con la fina separación entre realidad y ficción, entre la vida y la representación de la vida. Al mismo tiempo se entretiene hablando de cine dentro del cine, en uno de esos siempre efectivos ejercicios metalingüísticos. En
La mala educación encontramos la huella de toda la filmografía almodovariana, en especial
La ley del deseo, con la que comparte no pocos puntos en común, pero substituyendo por frialdad el calor humano que presidía aquella. Es como si el cineasta quisiese separarse intencionadamente de unos asuntos que no le resultan agradables. Si en
Todo sobre mi madre o en
Hable con ella asomaba un pequeño soplo de esperanza por encima del dolor, en
La mala educación no hay ni una mínima muestra de optimismo o de verdadero afecto por unos personajes señalados por el fatalismo. Se abrazan a la tragedia del mismo modo en que la mujer se abraza a la muerte en la anécdota que obsesiona a Enrique Goded. Son víctimas o verdugos (o ambas cosas a un tiempo) para los cuales no hay redención posible. No es casual que la película acabe con la palabra "pasión" llenando la pantalla como un grito desesperado: el refugio en el cual esconderse de la red de manipulaciones tejida ante nuestros ojos.
Sobran, sin duda, algunas
marcas de la casa que se revelan innecesarias (el personaje de Javier Cámara, por ejemplo). Daniel Giménez Cacho compone un sacerdote no del todo convincente, pero su imagen con sotana resulta suficientemente amenazadora. Lluís Homar es el apropiado contrapunto, su versión urbana, derrotada y negra. Y aunque Fele Martínez no es un actor que pueda llenar de contenido un personaje como el que le tocó, enfrente tenemos a un excepcional Gael García Bernal, brillante en todos sus registros.
Lejos, muy lejos de los delirios estéticos y argumentales de los ochenta, pero sin perder en absoluto su energía creativa y su poder de convicción, el Almodóvar de nuestros días es un esteta, un artista calculador y preciso a un paso apenas de la gelidez abstracta de
Gertrud.
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