Cuando me preguntan qué tipo de películas me interesan suelo contestar que me gustan, sobre todo,
las buenas. No tengo, en general, preferencia por unos géneros u otros; no puedo escoger entre los grandes espacios del western y el espíritu disparatado de la mejor
screwball comedy, o entre las luces y las sombras del cine negro y el arrebato pasional del melodrama más excesivo. Me gustan todos, cuando están bien hechos. Sí me atrevo a decir, sin embargo, que siento especial afecto por el género musical, y que considero que este es quizá el que mejor puede aprovechar todas las posibilidades del lenguaje cinematográfico.
En España el musical nunca ha tenido muy buena prensa. Hay muchos
aficionados con criterio que son incapaces de soportar ese momento decisivo en el que alguien se suelta a entonar una canción. Conozco gente que disfruta con las comedias de Fred Astaire y Ginger Rogers hasta el instante en el que asoman los acordes de un Irving Berlin o un Cole Porter y de inmediato retiran toda su atención. A mí me sucede justamente lo contrario: espero, ansioso, que empiece la
Carioca o el
Cheek-to-cheek, esa deslumbrante secuencia casi sin cortes que nos regaló un eficaz artesano llamado Mark Sandrich en la película
Sombrero de copa. Es, sin duda, una de las más hermosas y mejor filmadas de toda la historia del cine, con la cámara siguiendo por un colosal escenario las evoluciones de Fred y Ginger, vestida esta con un traje de plumas que se iban desprendiendo y cayendo por el suelo para desesperanza de los departamentos de vestuario y de limpieza. Es un momento mágico, realzado por una bellísima melodía capaz de transmitir ilusión y
saudade al mismo tiempo.
Era obvio que tarde o temprano Woody Allen acabaría por obsequiarnos un musical. Las bandas sonoras de sus películas están llenas de los ritmos sincopados y alegres de los años treinta y cuarenta, los mismos que asociamos al musical de los orígenes, cuando el cine se echó a cantar antes de que nadie se plantease en serio de qué iba a servir verdaderamente el sonido. En
Radio Days y
The Purple Rose of Cairo los homenajes se hicieron explícitos; en esta última, con una sufrida Mia Farrow llorando su desolación ante la pantalla de un cine de barrio. Ahí se escuchaba también el
Cheek-to-Cheek, que nunca sonó tan hermoso y triste.
Everyone says I love you supuso para Woody Allen dar un paso más, que espero vuelva a repetir. Con ella dio una gigantesca demostración de amor al género, al que parodia con sarcástico afecto. Se vale de un recurso genial: los actores de la cinta, excepto Goldie Hawn y Alan Alda, carecen de formación en el campo del canto y el baile, por lo que se limitan a cantar y bailar como buenamente pueden. Nos encontramos, así, con un resultón Edward Norton, o con una despiadada Julia Roberts, pulverizando las pocas frases que tiene que entonar. El propio Woody Allen se arroja a la tarea con tanta voluntad como escasa aptitud, aunque se adjudica una memorable escena final con Goldie Hawn, de noche, en París, a orillas del Sena. Un prodigio de imaginación y sencillez que se ha convertido ya en una de las cumbres del género.
Como siempre, diálogos chispeantes que se suceden a un ritmo vivísimo. Destaca una hilarante secuencia entre Allen y Julia Roberts, en la cual el primero le recita todo lo que se ha aprendido con la intención de enamorarla, para perplejidad de la dama que cree encontrarse ante el (insospechado) hombre de su vida.
Woody Allen se apoya en su grupo de técnicos por aquel entonces habitual y en un reparto numeroso y eficaz. En el cine de Allen nadie está mal nunca (ni siquiera Madonna o Demi Moore, que ya es decir), y en esta película menos. Abundan los nombres de probado talento, incluso entre los rostros más jovenes, como es el caso de Natalie Portman o Natasha Lyonne. Me entusiasma la presencia de Alan Alda, un tipo sensacional que hace grande cualquier cosa en la que aparece. Su escena al piano cantando eso del
Looking at you... justifica ella sola la contemplación de toda la cinta. Quien me haga caso y se anime a verla se encontrará con una obra deliciosa de la que se sale más feliz de lo que se entró. Entretenimiento elegante y lúcido, que no es poco.
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